Marta Macho Stadler (Bilbao, 1962) es matemática y profesora de la Universidad del País Vasco pero vive entregada en los últimos años más incluso que a su actividad docente e investigadora a la de editar y coordinar el blog ‘Mujeres con ciencia’. Un espacio digital de la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU empeñado en colocar en el espacio que corresponde y se merece, como mínimo en condiciones de paridad e igualdad, a las científicas del pasado y presente que han ayudado al progreso social junto a sus colegas varones.
El activismo en pro de la cultura científica no es nuevo en Macho Stadler, que viene ejerciendo de divulgadora desde hace casi dos décadas. En reconocimiento de este trabajo ha recibido varios premios, entre ellos la Medalla de la Real Sociedad Matemática Española. En esta entrevista habla de divulgación, de ciencia en femenino y, en ese sentido, de las maneras y los contextos que siguen perpetuando que se ignore y silencie el valor de la mujer en la actividad investigadora.
Discriminación
-Las mujeres no gozan de las mismas oportunidades que los hombres para desarrollar una profesión científica y para progresar en ella. Además de por las razones ‘clásicas’, ¿qué aspectos distintivos hay en el ámbito de la investigación que alimentan y perpetúan esa discriminación?
La investigación científica es una actividad altamente competitiva, en la que un cambio de ritmo temporal en el trabajo (por ejemplo, una baja de maternidad o una excedencia para el cuidado de personas enfermas) puede implicar la pérdida del tema en el que investigas, porque otras personas o grupos se han dedicado a él y han conseguido solventarlo. Y las mujeres, normalmente, tenemos este tipo de paradas en algún momento de nuestra vida. Otro aspecto es el del estereotipo de ‘científico’: un hombre de mediana edad, con una gran inteligencia, despistado, ensimismado… Eso aparta a muchas mujeres de realizar carreras científico-tecnológicas, al no sentirse identificadas con este ‘patrón’. Desde pequeñas, de diferentes maneras, se inculca a las niñas que lo que consiguen es a base de trabajo, pero que ellos son los ‘geniales’. Eso hace que en muchas ocasiones se sientan incapaces de abordar algunos estudios de ciencia.
-Vayamos por partes. ¿Dónde considera usted que se produce el sesgo de valor, lo que hace determinante en términos cualitativos la desigualdad entre hombres y mujeres en la actividad científica: en la escuela; en el acceso a los estudios superiores; en la universidad; o en la carrera de investigador?
En realidad, en todas ellas de una manera u otra. Como ya he señalado, en la escuela (y en casa, en la sociedad), no se anima a las niñas a que realicen actividades vinculadas a la ciencia. Al contrario, en muchas ocasiones se las desanima. El paternalismo hacia las mujeres actúa en contra de ellas, las hace sentirse inseguras, menos capaces ya desde edades tempranas. Allí, en la etapa preadolescente, ya se pierden muchas posibles vocaciones. Menos mujeres acceden a cierto tipo de carreras de tipo científico-tecnológico –no a todas en la misma medida pues hay mucha presencia de mujeres en los grados de biomedicina, pero pocas en las ingenierías y en carreras como física–, y en las aulas universitarias, al menos en mi experiencia, ellas son menos participativas, más inseguras, contestan solo si están absolutamente seguras de que su respuesta es la correcta (y eso no es común). Si acceden a la carrera investigadora, las dinámicas son las mismas. Funciona mucho el ‘síndrome del impostor’: muchas piensan que en realidad no están capacitadas para estar allí, y esa actitud las hace ‘brillar’ menos. Ser menos participativa en un grupo de investigación puede llevar a los investigadores principales a pensar que son menos capaces y, por ejemplo, a la hora de elegir a uno de los estudiantes para exponer algo en un congreso, elegir a un varón. Es decir, en cada etapa, la desigualdad se muestra de una manera distinta, con matices algo diferentes, pero creo que las hay en cada momento del proceso de formación.
-En el preámbulo de la Ley Orgánica 3/2007, de 22 de marzo, para la Igualdad Efectiva de Mujeres y Hombres, se hace mención al artículo 14 de la Constitución española en el que se proclama el derecho a la igualdad y a la no discriminación por razón de sexo. ¿Cómo colocaría en un ranking imaginario, de 1 a 10, por ejemplo, la situación de discriminación de género en el sector de la ciencia respecto a otros como el de la política, el empresarial o el periodístico?
Creo que, a la hora de ejercer las profesiones, son muy similares. El mundo laboral discrimina de maneras muy parecidas a las mujeres sea cual sea el campo: poca valoración hacia las mujeres, paternalismo, machismo, corporativismo masculino,… No creo que difieran demasiado en el día a día. Pero es cierto que es más fácil imaginarse a una periodista mujer que a una física teórica.
Enfoque
-¿Qué ejemplo están dando las administraciones públicas? Se lo pregunto por que el CSIC, la mayor institución pública dedicada a la investigación en España y la tercera de Europa, constituyó una comisión (Mujeres y Ciencia) en 2002 para estudiar la situación y proponer medidas para combatir la discriminación y quien la preside es un hombre. ¿No habría que cuidar también las ‘formas’?
Sí, en esta Comisión, el presidente es el presidente del CSIC (un hombre), que ‘delega’ en una mujer y me parece que en la comisión no hay ningún hombre. Podría ser que, de facto, lo presida siempre el máximo responsable de la Institución, para mostrar que apuestan por ella. Entiendo que ese es el motivo aunque, de hecho, delegar significa que no va a participar en las discusiones. Es cierto que puede parecer un poco raro. Pero, en mi opinión, también es raro que no haya ni un solo hombre en la comisión. Parece, como de costumbre, que es un problema que solo afecta a las mujeres, así que ellas deben ser las que lo ‘peleen’. Sin embargo, opino que es una mala visión. El problema de la discriminación hacia las mujeres es un grave problema social, y para solucionarlo, debe de haber hombres en estas comisiones, hombres que trabajen codo con codo con las mujeres para intentar detectar los motivos de estos sesgos y buscar las soluciones.
-Siguiendo con cuestiones que pueden parecer formales. ¿Considera que la semántica, la palabra, es un asunto principal, además de las cuestiones de fondo, para combatir la discriminación?
Sí, aunque mucha gente se burla de este punto, el lenguaje es una herramienta de discriminación muy potente y muy perversa porque está muy asentada. Se admiten anglicismos y expresiones coloquiales como nuevos términos a incorporar a la RAE y, sin embargo, el tema del género es tabú. En mi opinión, la palabra ‘profesor’ es masculina, no me identifico con ella, porque yo soy profesora. Sin embargo, sí me siento integrada en ‘profesorado’. A veces, solo es preciso tener la voluntad de buscar términos inclusivos. He visto situaciones en las que se habla en masculino (‘los médicos han concluido…’) cuando el equipo de investigación al que se refieren solo está formado por mujeres. ¿Por qué?
Cifras
-Si hay que tener en cuenta las formas, también el fondo. El último informe del CSIC reconoce que la “desigualdad persiste” pues una cuarta parte de las mujeres ocupan en la agencia estatal puestos como profesor investigador de la máxima categoría. Y el último presentado a principios de año por la Secretaría de Estado también confirma que poco se ha avanzado, al menos en cifras, en la última década. ¿Qué opina?
Sí, los porcentajes se han estancado. En ciertas disciplinas hay muchas mujeres, pero no llegan a los puestos de relevancia. Supongo que los motivos son múltiples. Mucha gente argumenta con el ‘ya estáis, ahora las reglas del juego son las mismas para todos’. Pero eso no es cierto. Las dinámicas en los grupos de investigación están muy jerarquizadas, el sistema es muy ‘vertical’. Los responsables suelen elegir ‘herederos varones’. Por muchos de los motivos que hemos comentado antes, se valora mejor a los hombres que a las mujeres, incluso de manera no consciente (recordemos el famoso estudio de los currículos de Jennifer y John). Diversos estudios indican además que, en el caso de situaciones de desigualdad –como la desigualdad de género–, cambiar esa inercia solo es posible a través de acciones que ayuden al colectivo discriminado a modificar esa tendencia. Cuando se parte de una clara situación de desigualdad, deben de entrar en juego las políticas de apoyo.